Las milicias criollas de Buenos Aires (1806–1810). Una evolución política y social
Fernando Marinion 1
Resumen
El trabajo analiza la transformación de las milicias urbanas del Río de la Plata entre 1806 y 1810 en el contexto de las reformas borbónicas y la crisis de la Monarquía Hispánica. Estas fuerzas, nacidas como cuerpos urbanos de defensa, evolucionaron desde simples grupos de interés —movilizados en torno a la defensa local— hacia verdaderos grupos de presión capaces de incidir en las decisiones del Cabildo y las autoridades virreinales. Su creciente protagonismo político y social culminó en la conformación de un nuevo factor de poder: el pueblo en armas, cuya legitimidad se fundaba en la representación directa de sus jefes elegidos por ellos. Este proceso expresó el desplazamiento del poder desde las estructuras virreinales hacia actores sociales emergentes, configurando las bases sociopolíticas de la Revolución de Mayo.
Palabras clave: milicias criollas, grupos de interés y de presión, factor de poder, plebe urbana, Cabildo de Buenos Aires, Liniers.
Introducción
En el marco de las reformas borbónicas y la crisis de la monarquía hispánica, las milicias urbanas del Río de la Plata adquirieron un protagonismo inédito en la vida política porteña. Frente a las Invasiones Inglesas (1806–1807), la limitada eficacia del aparato reglamentado impulsó la organización de cuerpos de vecinos armados, cuya legitimidad se asentó en el servicio directo a la defensa local. En este marco, y más allá del modelo borbónico de milicias disciplinadas (mandos veteranos y reglamentación), las milicias urbanas —de carácter complementario y en ocasiones voluntario— se transformaron en un espacio de participación cívico-militar.
El artículo sostiene que, entre 1806 y 1810, estas milicias transitaron desde grupos de interés a grupos de presión y culminaron como factor de poder en Buenos Aires. Para demostrarlo, combina herramientas de historia política y social con categorías de las ciencias políticas: grupo de interés/grupo de presión (Meynaud) y factor de poder (Bidart Campos). Este andamiaje se cruza con estudios sobre la composición popular y sus vínculos con élites criollas (Di Meglio; Harari), el papel del Cabildo y las redes mercantiles (Halperín Donghi) y observaciones sobre la cohesión corporativa de los batallones (Zorraquín Becú).
Metodológicamente, el trabajo recorre los hitos 1806–1810 e integra fuentes testimoniales (Memorias de Saavedra) y normativas (reglamentos), para explicar cómo la participación armada devino vehículo de representación y reconfiguró la distribución del poder en la ciudad.
Milicias: de grupo de interés a factor de poder, una lectura político-social
Siguiendo al politólogo francés Jean Meynaud, un grupo de interés es aquel que toma conciencia de una identidad común. En la medida que éste se organiza y busca influir en las decisiones del poder público para defender sus propios intereses, se convierte en grupo de presión (Meynaud, 1972, pp. 9-11). Por su parte, el jurista argentino Bidart Campos amplía esta noción señalando que tales grupos pueden transformarse en factores de poder cuando consiguen tal peso social que su acción condiciona la autoridad institucional (1961, pp. 65 y ss.). Desde esta perspectiva, las milicias criollas constituyeron un ejemplo temprano de articulación política en el Río de la Plata, donde la participación armada se convirtió en vehículo de representación social y política.
La trayectoria de las milicias criollas puede leerse como un proceso de densificación política. Primero, como grupo de interés (1806), cuando su accionar se concentra en la defensa inmediata y en el reconocimiento de su papel en la seguridad urbana. Segundo, como grupo de presión (1807–1808), al utilizar su capacidad de movilización para influir sobre decisiones del Cabildo, la Audiencia y el virrey interino. Tercero, como factor de poder (1809-1810), cuando la fuerza organizada condiciona directamente la estructura de mando y define resultados en crisis políticas.
Dos claves articulan esa transición. La primera es institucional: la elección de jefes por los propios cuerpos transfiere legitimidad desde la sociedad hacia la organización militar, desbordando el modelo borbónico de milicias disciplinadas. La segunda es social: la inclusión de sectores subalternos amplía la base de apoyo y nutre una cultura de armas cívicas capaz de afirmar el orden urbano y de reclamar voz en la cosa pública.
Con respecto a los sectores sociales que formaron parte de las milicias, dice Corbellini que:
…era la baja clase media de empleados, artesanos y compadritos. Era la buena gente de los suburbios, que vivía en el barrio de las quintas. Eran los peones y los troperos de las carretas, que llevaban las mercaderías al interior. (…) Eran la levadura popular porteña propensa a la emoción colectiva y callejera, encrespada de voces y mansa de corazón. (Corbellini, 1950, p. 237)
Varios autores señalan que la composición social de la tropa de las milicias urbanas se nutría de “orilleros”, es decir, quinteros y labradores; artesanos pobres y con cierta preminencia social; y de la llamada “plebe urbana”. Di Meglio subraya que la “plebe” no es un grupo uniformemente definido por una sola categoría “clase social”, etnia o condición civil, sino más bien un conjunto de sectores populares con ciertas características comunes: precariedad económica, escasa propiedad, inserción en oficios menores o trabajos urbanos informales. Así, la plebe incluye artesanos asalariados, jornaleros urbanos, obreros informales, trabajadores de oficios auxiliares, esclavos liberados o en proceso de libertad, pardos y morenos que habitaban la ciudad, y otros sin propiedades significativas (Di Meglio, 2007, pp. 43 y ss).
Fabián Harari, desde el materialismo histórico, plantea que el Cuerpo de Patricios no fue simplemente una milicia local, sino el eje organizativo y político del ala revolucionaria porteña. Es decir, sostiene que los hacendados que dirigían el cuerpo construyeron un proyecto político consciente y articulado, no solo reaccionario ante la coyuntura. Una de sus hipótesis más fuertes es que en la dirección del Cuerpo de Patricios predominaban hacendados de la campaña bonaerense. Este predominio implica que los intereses de esa clase rural estaban directamente representados en el armado revolucionario. Además, Harari cuantifica que, en los casos comprobables, aproximadamente el 51 % de los miembros de la dirección tenían carácter hacendado (Harari, 2009, pp. 113 y ss).
Si aproximadamente la mitad de los jefes de las milicias electos por las tropas pertenecían al grupo de los hacendados, otra parte estaba ocupada por comerciantes descontentos por el predominio de los mercaderes peninsulares. Por ello, un aspecto que no debemos descuidar es que de alguna forma la plebe criolla armada se transformó en la carta de triunfo de los sectores de la élite que aspiraban a desembarazarse de las restricciones que la Metrópoli imponía, restándoles capacidad de progreso. Las milicias criollas expresaron así las aspiraciones de sectores desplazados por la burocracia peninsular y el comercio monopolista. Gabriel Di Meglio lo expresa de la siguiente forma:
Surgió así un nuevo canal de comunicación entre la plebe urbana y la elite
local, anudando lazos por fuera del orden imperial. Los principales se establecían entre la tropa y la oficialidad, especialmente intensos dado que ésta era elegida en los nuevos cuerpos por votación de los soldados. Ese sistema democrático tuvo corta vida, pero en el breve lapso en el que funcionó no implicó un ascenso para miembros de la plebe, sino que la mayoría de los elegidos fueron miembros de la gente decente, que reflejaban su ascendiente social en su elección. (Di Meglio, 2006, p 153)
Pero que la plebe porteña, los orilleros y los artesanos ingresaran masivamente en las filas de los cuerpos voluntarios motivó a que Diego Ponce de León, capitán de fragata de la real Armada y sargento mayor de la Plaza de Montevideo, en carta a Floridablanca el 10 de febrero de 1809, dijera: “Liniers y sus secuaces, que es todo el bajo pueblo de Buenos Aires, todos los cuerpos que él ha creado (…) eligiendo la escoria y arruinando el erario con sueldos exorbitantes…” (citado por Ramallo, 1974, p. 16). Efectivamente, consciente o inconscientemente la población baja urbana y suburbana, que hasta entonces no había participado del botín fiscal, recibió desde 1807 a 1809 alrededor de setecientos mil pesos de fondos públicos. Por otra parte, antes de ingresar a las milicias no podían tener conciencia de grupo ni programas claros porque no tenían como lograrlos, sí los tuvieron cuando formaron parte de la organización militar siguiendo, naturalmente, a aquellos jefes que les hablaban de patria y de los derechos que tenían como hijos de ella.
Por su parte, Ricardo Zorraquín Becú nos indica la cohesividad lograda por la organización militar en estos términos:
Los batallones criollos estaban compuestos por jóvenes de todas las clases sociales, reunidos por un común sentimiento patriótico que los impulsaba a defender su patria de los enemigos exteriores. Sus jefes, elegidos por ellos mismos, pertenecían también según sus respectivas categorías a todos los sectores de la población, pero principalmente a los más elevados. Sin embargo, la vida en común fue creando entre todos ellos una especie de conciencia de clase que los apartó progresivamente de su pertenencia a las demás. (Zorraquín Becú, 1961, p. 409)
Por su parte, Tulio Halperín Donghi afirma que el Cabildo porteño, dominado por los grandes comerciantes, intentó capitalizar el fervor popular después de las invasiones inglesas, pero el poder comenzó a desplazarse hacia los cuerpos armados que respondían a jefes locales. En ese marco, el Cabildo actúa como pivote ambiguo:
…estimulado por las emergencias locales de 1806-7 y por la incontenible crisis del sistema imperial, que le inspira desaforadas ambiciones, el Cabildo se transforma en organizador y vehículo de la generosidad de la población porteña, pero sobre todo del círculo que lo domina, y espera hacer de su calculada munificencia un arma más en la complicada batalla por la sucesión del poder metropolitano. (Halperín Donghi, 1982, p. 74)
Sin embargo, aunque sea evidente que las invasiones inglesas acrecentaron el poder de este grupo mercantil que controla el Cabildo y que es liderado por don Martín de Álzaga; también lo es que aquellos desplazados nietos de los fundadores, los hacendados, pero también los “orilleros”, liderados por Santiago de Liniers, comenzaron a tener una gravitación importantísima merced al control del poder militar de la capital del Virreinato. El recelo de los sectores mercantiles frente a esta realidad fue en aumento. Saavedra nos refiere a propósito en sus Memorias:
El cuerpo de patricios, con los demás continuó acuartelado, y hacía el servicio en la guarnición. Pasado el peligro de la invasión, los europeos viendo la adhesión del virrey Liniers a dichos cuerpos, y que éstos se habían hecho respetables en la guarnición, temieron se minorase el predominio que en aquel tiempo tenían en Buenos Aires. El temor de los españoles no era infundado ya que, como veremos, Liniers se sostuvo políticamente en los cuerpos de milicias criollas, que constituían la mayoría. Solicitaron formalmente de aquel jefe su disolución, a pretexto de que sus individuos hacían falta a la agricultura y a las artes, pues muchos habían abandonado sus oficios por ser soldados. (…) Don Santiago Liniers repulsó dicha solicitud y fue éste el origen (…) de los celos y rivalidades entre patricios y europeos. Acostumbrados éstos a mirar a los hijos del país como a sus dependientes y tratarlos con el aire de conquistadores, les era desagradable verlos con las armas en la mano, y mucho más el que con ellas se hacían respetables por sus buenos servicios y por su decisión a conservar el orden en la sociedad. (Saavedra, 1960. pp. 1040-1041)
Efectivamente, las armas puestas en las manos de las milicias urbanas criollas en las circunstancias de la amenaza británica, serán los instrumentos que utilizarán para presionar guardando sus intereses. De esta forma se confirma el vaticinio que Sobremonte hiciera a la Corte española: en el Río de la Plata ya no existe “más voluntad que la del pueblo armado”. Si la 1ª invasión inglesa marcó el nacimiento de las milicias criollas como grupo de interés, y la 2ª su transformación en un verdadero grupo de presión, los hechos que culminaron el 1º de enero de 1809 significaron su encumbramiento como el factor de podermás importante de la capital del Virreinato.
De la movilización militar al poder político (1809–1810)
La repulsa que protagonizaron los dos líderes emergentes de la heroica defensa: el virrey interino don Santiago de Liniers y el alcalde de primer voto del Cabildo don Martín de Álzaga, se fue desarrollando durante el segundo semestre del convulsionado año 1808, y llegará a su fin con el triunfo definitivo, no tanto del Virrey, cuanto de quienes lo sostuvieron, es decir el poder militar de los hijos de Buenos Aires.
El 29 de julio llegaron los pliegos oficiales de la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII, proclamado rey en Aranjuez en marzo de aquel año. Pero luego llegan las noticias de Bayona. Liniers suspende la jura. Montevideo se revela y establece una junta. En esos días el otro grupo relevante en la sociedad porteña de la época, los intelectuales como Castelli, Belgrano, Vieytes y los Peña, se encontraba embarcado en otro proyecto. La cercanía de la corte portuguesa residente en Río de Janeiro les hizo abrigar la idea de coronar como reina de estas tierras a la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII y esposa del Príncipe Regente Juan de Portugal.
En Buenos Aires entonces se extremaron las posiciones y el grupo del Cabildo se preparó para dar un golpe, destituir por fin al virrey y establecer una junta como en la Banda Oriental. Un intento revolucionario se fue gestando entre los hombres de Álzaga. Los partidarios eran los característicos comerciantes españoles que dominaban el ayuntamiento, los cuerpos de catalanes, vizcaínos y gallegos, y quizás también, con un tímido apoyo, Mons. Lué, se encontraban los primeros.
Los conjurados habían urdido que elegirían como cabildantes a personas que Liniers pudiera resistirse a confirmar y utilizarían esto como excusa. Advertido el Virrey, confirmó a todos en sus cargos para evitar la sublevación. A pesar de aquellas previsiones y aun cuando todos los pretextos estaban orillados, los conjurados siguieron adelante. El diputado para el trámite, Esteban Villanueva, al salir del Fuerte exclamó: “La elección se ha aprobado, pero vamos adelante”. En seguida sonó la campana del cabildo y los cuerpos de gallegos, catalanes y vizcaínos se agruparon frente a la casa capitular y controlaron las bocacalles de entrada a la plaza. Los convocados y algunos curiosos llegaron al lugar llamados por las campanas y los tambores militares. Saavedra y los demás jefes con parte de sus tropas acudieron al Fuerte, dejando otra parte en sus cuarteles preparadas para cualquier eventualidad.
Ante la mediación del obispo Lué, los leales al Virrey retiraron las tropas de la plaza ante la promesa que los sublevados harían lo mismo. Se procedió al nombramiento de una Junta conformada por españoles, excepto los secretarios Mariano Moreno y Julián de Leyva, que eran americanos, y todo el Cabildo con algunos vecinos se dirigieron a la fortaleza para intimar al Virrey a la cesación de su mandato.
Las milicias criollas reaccionaron entonces y volvieron a la plaza dispuestos a resolver violentamente el asunto. Saavedra y los jefes de los demás cuerpos, dejando las tropas a cargo del sargento mayor de Patricios Juan José Viamonte, entraron nuevamente en el Fuerte y al llegar a la sala ya se estaba produciendo la abdicación, labrándose un acta al efecto. Dirigiéndose a Saavedra el obispo dijo: “Señor comandante, demos gracias a Dios, ya todo está concluido: S. E. ama mucho a este pueblo y no quiere exponerlo a que por su causa se derrame sangre en él -ya ha convenido en abdicar el mando y se está extendiendo el acta de esa abdicación-”; y luego siguió: “Señor comandante, por Dios, volvió a repetir el obispo, no quiera usted envolver este pueblo en sangre”. Saavedra respondió, según sus Memorias, y se desarrolló una discusión en estos términos:
Señor ilustrísimo, le repliqué, ni yo ni mis compañeros hemos causado esta revolución; los autores de ella y sus cooperadores serán los que desean la efusión de sangre; he dicho y vuelvo a repetir que no hay una causa justa que cohoneste la violencia que se hace a este señor. Señor comandante, por Dios, el pueblo no quiere que continúe mandando S. E. Esa, señor ilustrísimo, es una de las muchas falsedades que se hacen jugar en esta comedia; en prueba de ello, venga el señor Liniers con nosotros, preséntese al pueblo, y si éste lo rechazase o dijese no querer su continuación en el mando, yo y mis compañeros suscribiremos el acta de su destitución. (…) Y como mis compañeros apoyaron esta resolución, salió en efecto a la plaza. Cuando las tropas y el inmenso pueblo que a la novedad había concurrido, lo vio, empezó a gritar: ¡Viva don Santiago Liniers, no queremos, ni consentimos en que deje de mandar, viva y viva! No resonaba otra voz en la plaza. (Saavedra, 1960, p. 1046-1047)
A punto de llegar el virrey don Baltazar Hidalgo de Cisneros, nombrado en 1809 por la Junta Central de Sevilla para reemplazar a Liniers, Buenos Aires y todo el Virreinato se encontraban en plena ebullición. En efecto, en esa circunstancia los criollos habían –y se habían– demostrado que sus decisiones pesaban porque eran sostenidas por sus armas. Éstas habían hecho de los hijos de Buenos Aires -hacendados, comerciantes locales, intelectuales, artesanos y orilleros- un verdadero factor de poder. Cuando el pueblo criollo y los cuerpos voluntarios se enteraron de la novedad intentaron resistirse y se agolparon en la casa de Liniers para impedir su salida. Este intento de resistir a Cisneros fue encabezado aparentemente por Pueyrredón, pero los comandantes de los restantes cuerpos militares no lo acompañaron, ya que el buen francés, a pesar de la pueblada y de las insistencias de la élite intelectual porteña, estaba dispuesto a entregar el mando.
Liniers se retiró a Córdoba. Ahí se estableció en una estancia que por años había funcionado como un establecimiento de las misiones jesuíticas y que con el correr del tiempo en esas tierras se fundaría la ciudad de Alta Gracia. Participaba en otros emprendimientos, como en la explotación de una mina en La Rioja. La coronación de las milicias urbanas criollas como los árbitros y hacedores de gran parte de los sucesos de 1810 se hará sin su liderazgo e, incluso, en contra de este.
Conclusiones
Entre 1806 y 1810 las milicias criollas de Buenos Aires atravesaron un proceso de transformación que las llevó de ser simples cuerpos urbanos de defensa a convertirse en actores políticos de primer orden. Nacidas para proteger la ciudad ante amenazas externas, su participación en las Invasiones Inglesas les otorgó cohesión, legitimidad y conciencia de su propio papel en la vida pública. Desde entonces, dejaron de ser meras unidades militares para actuar como grupos de interés que defendían los derechos y expectativas de los vecinos armados, y pronto como grupos de presión capaces de influir sobre las decisiones del Cabildo y de las autoridades virreinales.
Su consolidación como factor de poder marcó una inflexión en la estructura política porteña: la autoridad dejó de residir exclusivamente en las instituciones del poder central y comenzó a apoyarse en una base cívico-militar integrada por criollos, artesanos, hacendados y sectores populares. La elección de jefes por voto interno y la experiencia compartida de defensa crearon un nuevo principio de legitimidad basado en la participación directa y la representación colectiva.
Las milicias criollas expresaron así la convergencia entre la movilización popular y la reorganización de las élites locales. Su acción, al articular intereses sociales diversos, anticipó las formas de organización política que acompañarían la crisis del sistema monárquico hispánico. La Revolución de Mayo no surgió como un hecho súbito, sino como el desenlace de este proceso en el que el pueblo en armas se erigió en protagonista de la vida pública y en fundamento del nuevo orden político rioplatense.
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1 Profesor y licenciado en Historia, Director de la Carrera de Historia en el Instituto Superior de Profesorado A. M. Saenz. Docente secundario, terciario y universitario.







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